Maximino de la Virgen del Carmen
Entre los 80 mártires que serán beatificados el próximo 7 de noviembre en la Catedral de Santander se encuentra Maximino de la Virgen del Carmen, asesinado el 27 de diciembre de 1936, a los 20 años de edad, en el barco prisión Alfonso Pérez.
El hermano Maximino era novicio carmelita descalzo de la comunidad de Reinosa. Fue detenido allí y, después de sufrir numerosas humillaciones, se le trasladó al Alfonso Pérez junto con un joven padre de familia, natural también de Reinosa.
En el barco protagonizó un extraordinario gesto, similar al que años después realizaría san Maximiliano Kolbe en Auschwitz. El 27 de diciembre de 1936, cuando comenzó el ametrallamiento y el lanzamiento de granadas de mano a las bodegas, los presos se agolparon en los ángulos muertos para tratar de protegerse. En ese momento, Maximino pidió a su compañero que le permitiera ocupar la primera fila. Tras realizarse el intercambio, una granada alcanzó al religioso y le destrozó la espalda. Su compañero, al que había protegido con aquel gesto, logró sobrevivir.
Su breve vida, caracterizada por la jovialidad, la sencillez, el espíritu de servicio y el deseo de consagrarse plenamente a Dios en el Carmelo Descalzo, culminó así con el martirio, como supremo testimonio de fidelidad a Cristo y amor al prójimo.
Cabe señalar que otros once de los 80 próximos beatos murieron también en aquella masacre del Alfonso Pérez. Fueron los sacerdotes Francisco González de Córdova, Aurelio Velasco Martínez, Bernardino Hoyos Bustamante, Eliseo Alonso Pumarejo, Eloy Martínez Muñoz, Hilario Arce Cañarte, Serafín Villar Laso y Vicente Poo Noriega; el seminarista Ramón Tresgallo Arenal; y los laicos Francisco Sánchez Trallero y Luis Mosquera Caramelo.
José Susilla de Bustamante
Durante el primer año de la Guerra Civil, la persecución religiosa alcanzó especial intensidad en la entonces provincia de Santander. En aquellos meses fueron asesinados 161 sacerdotes y religiosos, a los que hay que añadir varios cientos de laicos que, sin haber participado en los combates, fueron perseguidos y asesinados simplemente por ser católicos.
Entre las víctimas se encontraba José Susilla de Bustamante, seminarista de Corbán y alumno del Pontificio Colegio Español de Roma, donde cursaba estudios de Sagrada Teología. Su vida terminó de manera trágica en la bahía de Santander, en la noche del 1 al 2 de marzo de 1937. Fue sacado de su lugar de reclusión durante la noche y arrojado al agua, atado y lastrado, donde murió ahogado.
Su nombre forma parte hoy del grupo de los 80 Siervos de Dios de la diócesis de Santander —67 sacerdotes, 3 religiosos, 3 seminaristas y 7 laicos— cuya beatificación está prevista para el próximo 7 de noviembre en la catedral de Santander.
La historia de Susilla tiene, además, un rasgo que sobrecoge especialmente. Poco antes de morir había escrito una poesía titulada «Pronto, Señor». Leída después de conocer su destino, sus versos parecen adquirir un significado casi profético, como si el joven seminarista presintiera que su encuentro con Dios estaba próximo. En ellos dejó plasmado, con un lenguaje de profunda espiritualidad, su deseo de abandonar pronto este mundo para encontrarse con el Padre.
El poema, conservado gracias a su amigo Gumersindo Terán Gutiérrez, fue recogido por éste en su libro Rimas de antaño:
Pronto, Señor, nos veremos
en tu Casa solariega.
Contadas tienes mis horas
y los pasos de mis sendas,
contadas mis pulsaciones
y las gotas de mis venas,
los soles que han de lucirme
y las noches que me esperan,
los inviernos que me aguardan
y estíos y primaveras...
¡Tú escrita, Señor, la tienes
mi jornada postrimera!
Yo sé que se está llegando
yo sé que la tengo cerca,
yo las veo, yo las toco
de mi vida las fronteras.
¡Oh muerte que serás vida,
vida que será eterna!
¡Pronto, Señor, nos veremos
en tu Casa solariega!
Veo en tus manos las llaves
que abríranme aquellas puertas.
Y siempre, Señor, contigo
en tus moradas eternas;
sin temores de perderte,
sin las zozobras terrenas,
sin aquel ¡ay! en el alma,
sin nublados ni tinieblas,
sin los febriles ardores
de ambición no satisfecha.
No son sueños, ni ficciones,
no es ilusión, no es quimera.
Pronto, Señor, nos veremos
¡y nos veremos de cerca!
Y serán tus heredades
mi patrimonio y herencia,
tu gloria será mi gloria,
tu cielo mi recompensa.
¡Pronto, Señor, nos veremos
en tu Casa solariega!
¡Qué Casa, Señor, la tuya!
¡qué praderas tus praderas!
¡qué lumbre la de tus soles!
¡qué paz la de tus estrellas!
¡qué manar el de tus fuentes!
¡qué frescor el de tus selvas!
¡qué cantar el de tus auras!
¡qué bonanza en tus riberas!
¡Pronto, Señor, nos veremos
en tu Casa solariega!