El pasado 22 de mayo el papa León XIV firmó el decreto de beatificación de un grupo de ochenta mártires de la diócesis de Santander durante la Guerra Civil española. Dieciséis de ellos perecieron el 27 de diciembre de 1936 en el buque-prisión Alfonso Pérez.
El Frente Popular de Santander convirtió el buque Alfonso Pérez en una cárcel flotante, en cuyas bodegas centenares de presos vivieron uno de los episodios más crueles de la Guerra Civil española: la masacre del 27 de diciembre de 1936, en la que fueron asesinados 157 presos del barco. Las protestas internacionales obligaron al Frente Popular a cancelar las funciones carcelarias del Alfonso Pérez el 25 de febrero de 1937. A partir de esa fecha, el barco volvió a navegar con fines comerciales, tras cambiar su nombre por el de Cantabria.
Además de la siniestra checa del socialista Manuel Neila, en Santander se encontraba la prisión provincial, por cuyas dependencias pasaron 5.554 presos durante los trece meses de dominio del Frente Popular en Cantabria. Pero fue tal el número de detenciones en la ciudad de Santander que, además del buque Alfonso Pérez, se tuvieron que habilitar otros edificios para cárceles, como fue el caso del convento de las Oblatas, cárceles todas ellas dependientes de la prisión provincial.
El 31 de julio llegaron a las bodegas del Alfonso Pérez los primeros detenidos. Esta prisión flotante, por ser una dependencia de la cárcel provincial, tenía como máximo responsable a Ángel Saiz Martínez, que designó como representante suyo en el buque-prisión al obrero del PSOE Pedro Rioyo, hasta octubre de 1936, y a partir de esa fecha, a Emilio Sainz Abascal, militante de la CNT. El Alfonso Pérez llegó a tener en sus cuatro bodegas hasta 980 presos.
Uno de los presos del buque que logró sobrevivir, Ramón Bustamante Quijano, nos ha contado su experiencia en su libro de memorias de cautiverio titulado A bordo del Alfonso Pérez. Dicha publicación es una fuente imprescindible para saber lo que allí pasó, pues el relato de su autor es preciso y muy expresivo. Así nos cuenta lo que vio, cuando el 14 de septiembre de 1936 el remolcador San Martín le llevó hasta el Fondeadero de los Mártires e ingresó en una de las bodegas del Alfonso Pérez:
«Tras ser despojados de las pocas cosas que nos dejaron los de la cárcel, un miliciano nos señaló un agujero en la cubierta, del que arrancaba una escala vertical de hierro rojo. Por ella comenzamos el nada fácil descenso para quien no estuviera acostumbrado, ya que faltaban varios peldaños y las autoridades del barco no se preocupaban de reponerlos. Más tarde supimos que en otras bodegas, donde ocurría lo mismo con las escalas, hizo el imperfecto estado en que se encontraban que varios presos ancianos cayeran violentamente en el empeño de descender por ellas, y que alguno estuviera a punto de perder la vida de esta manera, en el momento preciso de ingresar en el barco. Agarrados a aquellos hierros desiguales, bajábamos contemplando atónitos el espectáculo de la bodega. Auténticos y numerosos espectros, con barbas y melenas medievales, nos esperaban impacientes en el fondo, con la vista alzada hacia nosotros. Se tenía la impresión de entrar en los bajos de un barco pirata lleno de cautivos. Tenían, todos, la cara macilenta y blanca como la cera. Eran cadáveres vivientes. La falta de comida y de sol había dado a sus rostros un tono tan de ultratumba, que, más que una bodega llena de seres humanos, parecía aquello un club de muertos donde se hubieran dado cita los que un día vivieron sobre la tierra…».
Ramón Bustamante Quijano fue a parar a la bodega número 2 que, como él mismo nos cuenta, los presos la habían dividido por barrios. En el «barrio de Salamanca» había corriente; en compensación, también era el espacio más ventilado y menos oloroso de la bodega número 2. Allí se encontró con insignes personajes de Santander, entre ellos Guillermo Arnáiz Paz, segundo director de La Voz de Cantabria.
En el barrio del «Escándalo», llamado así por los continuos alborotos que con sus cánticos organizaban sus moradores, se concentraban la mayoría de los presos encuadrados en el carlismo. El tercer barrio era el de la «Universidad». Allí estaban seis estudiantes, procedentes de distintos puntos de España, que fueron detenidos mientras participaban en los cursos de la Universidad Internacional de Verano de Santander.
De entre estos seis estudiantes destacaba por su personalidad José María Corbín Ferrer, que se convirtió en uno de los líderes de la bodega número 2, por mantener un ambiente religioso tal entre sus compañeros de prisión, que algunos llegaron a pensar que era sacerdote. José María Corbín Ferrer había acabado en junio de 1936 su licenciatura en Ciencias Químicas en la Universidad de Valencia con tan buen expediente, que logró una beca para asistir a los cursos de verano de Santander. Perteneciente a la Comunión Tradicionalista se había significado en sus años de carrera por defender a la Iglesia de los ataques del sectarismo laicista. Hombre muy piadoso, durante su estancia en Santander acudió todos los días a la misa que se celebraba clandestinamente en el colegio de las Madres Esclavas del Corazón de Jesús, hasta que fue detenido el 18 de agosto.
Ese día un grupo de milicianos asaltó el Palacio de la Magdalena, sede de la Universidad de Verano de Santander, registraron a los estudiantes y detuvieron a los que les encontraron algún símbolo religioso o les parecieron sospechosos de pertenecer a partidos de la derecha. Por partida doble, los milicianos se fijaron en José María Corbín Ferrer, al que tras detenerle le preguntaron, insidiosamente, quién pensaba él que ganaría la guerra. A lo que con los reflejos propios de su inteligencia y su sentido del humor contestó: «Sin duda alguna, los militares».
Sabemos del ambiente espiritual que se vivió en la bodega número 2 por el testimonio de Ramón Bustamante Quijano, y con casi toda seguridad que en el resto de las bodegas debió ocurrir otro tanto. Pero según los datos de este superviviente, en la bodega número 2 se rezaba el rosario todos los días por barrios. En el barrio de la Universidad, la plegaria mariana estaba dirigida por José María Corbín Ferrer. En otros de los rincones de la bodega, conocido como «la catedral», el rezo del rosario lo dirigía Eloy Martínez Muñoz, un párroco de Madrid al que le sorprendió el estallido de la Guerra Civil en el balneario de la Hermida.
Pero sin duda, el rosario más memorable que se rezó en la bodega número 2 fue el del día 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada. Ese rosario lo organizaron los tradicionalistas del barrio del Escándalo y fue colectivo, de manera que las voces de tantos presos rezando a la vez subían con claridad hasta la cubierta. De manera que casi al final, cuando ya se estaban rezando los clásicos padrenuestros que rematan los cinco misterios del rosario, tras una blasfemia lanzada desde la cubierta se oyó la voz de uno de los guardias:
—«¡No se rece más…!».
De inmediato se hizo un silencio, y a continuación se escuchó la voz firme del sacerdote que dirigía aquel rosario colectivo:
—«Por el triunfo de la causa católica, Padrenuestro que estás en los Cielos…»
—y todos como un solo hombre respondieron:
—«El pan nuestro de cada día…».
Les faltó tiempo a los milicianos para exigir responsabilidades por el «delito» de haber rezado el rosario. Y entonces dos carlistas dieron un paso al frente, asumiendo las culpas de todos los presos de la bodega. Uno de ellos era un famoso dentista de Santander, Antonio Diego Soto, y el otro se llamaba Fernando Cossío, quien respondió de esta manera:
«Hemos rezado el rosario, porque es el día de la Purísima; y me extraña que esto os choque cuando, nuestra condición de católicos, es una de las razones por las que nos tenéis aquí reducidos».
De momento, la respuesta les dejó mudos a los milicianos. Sin embargo, dos semanas después, el 27 de diciembre llegó la réplica en forma de martirio.
El 16 de septiembre el Alfonso Pérez había abandonado el Fondeadero de los Mártires y atracó en la parte del muelle que era conocida como «Dársena de Maliaño» o «el Cuadro». Sin duda, que este contacto con la tierra hacía a los presos más vulnerables ante un posible asalto de las hordas rojas. El temor no era infundado, pues repetidas veces se les dijo a los presos que un bombardeo de los aviones nacionales contra Santander supondría la eliminación de los presos del Alfonso Pérez.
De modo que lo que sucedió el 27 de diciembre de 1936 no tuvo nada de sorprendente, ni para los presos ni para sus carceleros, ya que más bien parecía un pretexto para exterminarlos, aunque solo sea porque los principales responsables del Frente Popular de Santander, entre ellos el sanguinario Manuel Neila, dirigieron la masacre en la que fueron asesinados 157 presos del Alfonso Pérez.
A las 12 del mediodía del 27 de diciembre comenzó el bombardeo, por lo que los presos del Alfonso Pérez comprendieron que había llegado su final. En efecto, grupos armados asaltaron el barco desde el muelle. Los actos de contrición y las confesiones eran el mejor indicativo de que todos eran conscientes de lo que iba a suceder y, desgraciadamente, no se equivocaban. Ramón Bustamante Quijano, superviviente de la masacre, la contó así:
«No habrían pasado veinte minutos del bombardeo cuando se oyó vertiginosa carrera en la cubierta.
—¡Ya están ahí! —
dijimos todos.
Nos persuadimos de que la consigna era la desaparición de cuantos estábamos en el barco. Se levantaron algunos tablones y se oyeron las primeras voces de la chusma armada de pistolas, ametralladoras, fusiles y bombas de mano. Voces, al principio, no descompuestas; voces taimadas, insinuantes, persuasivas. Nada nos pasaría. Se nos quería convencer de que formáramos en el centro de la bodega, debajo de la escotilla, y bien alineados. Por lo visto, querían aprovechar la munición y hacer poco ruido… Naturalmente el engaño era demasiado burdo. La voz de mando de la bodega fue rebelde:
—¡Nadie salga al centro; todo el mundo a los ángulos muertos; nos quieren asesinar cómodamente; preparemos los colchones! La palabra colchones corrió de boca en boca, y todos comenzamos a parapetarnos en ellos. Parece que estoy viendo a los universitarios organizar su barricada. Por uno de esos movimientos inexplicables que se ejecutan semiinconscientemente en los momentos supremos de la vida, me cambié de sector, poniéndome precisamente en la principal dirección de tiro. Por otra parte, era lo mismo. Siendo todo el interior de la bodega de chapa de hierro, el rebote hacía que no hubiera prácticamente ángulos muertos. Además, y en todo caso, duraríamos lo que tardaran aquellos energúmenos en bajar, si querían acabar con todos.
—¡Salid al centro de la bodega, que nada os pasará; salid, canallas, perros!
—repetían las ya descaradas voces de los asaltantes—.
¡Si no lo hacéis, será peor, porque bajaremos y no quedará uno vivo! Nadie hacía caso y comenzaron a hablar las armas asesinas. Luis Martínez Beascoechea recomendaba a gritos que cogiéramos botellas; pero con el desorden que se había producido por el desplazamiento de colchones, revueltas mantas y ropas, danzando taburetes y estanterías, rodando cacharros y mezclado y confundido todo, no se veía ninguna. Su búsqueda resultaba además imposible, pues en cuanto se presentaba el menor blanco, una lluvia de balas daba en tierra con el imprudente. Habían empezado también las bombas de mano. El efecto de sus explosiones sobre la chapa era extraordinariamente mortífero; empezaban los primeros ayes lastimeros, y las ametralladoras de nuestros verdugos seguían segando vidas.
Alguien, alocado, se decidió a salir al centro de la bodega: un certero tiro en la frente, dio con él en el suelo. Otros, que, no obstante haberlo visto, seguían inconscientes su ejemplo, rodaban igualmente sobre los mojados tablones. Se oían voces que desgarraban el alma: padres heridos que llamaban a sus hijos ya muertos o viceversa; ancianos que imploraban clemencia y compasión de los asesinos, siquiera fuese por sus mujeres y por sus hijos. Inútil: nada había capaz de detener aquel frenesí criminal. Habían percibido el olor de la caliente sangre derramada y, lo mismo que a las fieras, todo les parecía poco. Las balas pasaban con aleteo de mosquito por cerca de nuestras cabezas, cambiando su rumbo al chocar contra la chapa. A mi lado había un muerto y un herido agonizando. La sangre empapaba los colchones. Y seguían, los insultos, y las blasfemias, y los tiros… ¡Santo Dios, siquiera cesar al fuego diez minutos para poder atender a los heridos que pedían auxilio!
Poco a poco se fueron distanciando las detonaciones; indudablemente había pasado la agresión principal. De vez en cuando, un tiro o una bomba de mano nos hacía pensar en alguien que había llegado tarde a la fiesta. Por fin, el silencio. Aquello se había acabado. Se contentaban con lo hecho y no bajaban a la bodega. La vista que se ofrecía a nuestros ojos no lo olvidaré nunca: amigos del alma de tantos meses de cautiverio común, tumbados por todas partes, muertos o heridos. Nuestra inmediata preocupación fueron estos últimos. En la violenta postura, dolorosa y perjudicial para los transportados a que nos obligaba el difícil ascenso por la casi vertical escalera, íbamos unos cuantos depositándolos sobre cubierta. Entre Rafael Granados y yo subimos al desgraciado don Ramón Miguel y Crisol, que tenía un tiro en el vientre. Siendo, como era, médico se daba el infeliz cuenta de la gravedad de su herida. —Me muero —decía—; esto no tiene cura. Que acaben conmigo de una vez para dejar de sufrir».
Una vez que subieron a la cubierta a los muertos y a los heridos, los presos médicos de profesión hacían cuanto podían para arrebatarlos de la muerte. En medio de aquella confusión un preso se hizo pasar por médico, cuando en realidad era un sacerdote que buscaba a los moribundos para administrarles la absolución. Pasado un tiempo, volvieron a oírse tiros en la cubierta, lo que en las bodegas los presos no supieron interpretar a qué se debían, hasta que uno de los que se habían quedado por atender a un herido bajó por la escalera gritando que estaban rematando a los heridos y que había oído decir al socialista Manuel Neila que «por humanidad» había que rematarlos a todos.
Fue entonces cuando se hicieron a la idea de que nadie iba a sobrevivir. Y, en efecto, los hechos venían a darles la razón, pues cuando cesaron de asesinar a los heridos de la cubierta, grupos de milicianos armados bajaron a las bodegas para hacer «la selección» de sus próximas víctimas. Según confesó uno de estos asesinos, un hombre tuerto de nombre Juan A. Carrero, el socialista Manuel Neila dirigía uno de estos grupos y alumbraba con un farol los rincones de las bodegas para que sus sicarios sacaran de sus escondites a los presos «seleccionados» para la muerte.
Los seis universitarios fueron apartados en un rincón. José María Corbín Ferrer, que tantos rosarios había dirigido en la bodega número 2, les exhortaba a morir cristianamente. Fueron asesinados los seis a la vez. Momentos antes de que le acribillaran a tiros, José María Corbín Ferrer gritó: «Por Dios y por la patria». Este joven carlista de 22 años fue beatificado por san Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.
Tras la cruel carnicería, ya solo quedaba retirar los cadáveres de la cubierta del Alfonso Pérez, tarea de la que se tuvieron que encargar los propios presos. Desde la escotilla, un miliciano pidió voluntarios para enterrar a los muertos en el cementerio de Ciriego. Y aunque había motivos de sobra para pensar que se podría tratar de otra trampa para asesinar a los que se ofrecieran, se presentaron más de los suficientes para cumplir esa obra de misericordia con sus antiguos compañeros de presidio. Todos respiraron cuando al cabo de unas horas vieron regresar a los voluntarios «sepultureros». Volvían con la cara desencajada de lo que habían visto.
Pero esta vez, la masacre del Alfonso Pérez sacudió la opinión internacional y tomó cartas en el asunto el Gobierno inglés, presidido por el conservador Stanley Baldwin. En su protesta estuvo apoyado por los socialistas ingleses. Por su parte, el Gobierno civil de Santander, presidido desde el comienzo de la guerra por Juan Ruiz Olazarán, un camarero de profesión afiliado al PSOE, se había transformado en Gobierno General de Santander, Palencia y Burgos en noviembre de 1936 y Juan Ruiz Olazarán, que se mantuvo al frente de la nueva institución, recibió un telegrama del cónsul inglés el 26 de enero de 1937, en el que se podía leer lo siguiente:
«Tengo el honor de informar a V.S. que acabo de recibir un telegrama del señor embajador avisándome de que el Gobierno inglés le ha autorizado a acercarse a V.S. con una petición a beneficio de los supervivientes en el mencionado barco y rogándome avisarle qué recomendaciones puedo hacerle tratándose de una obra humanitaria y tomando en cuenta el gran interés que tiene el Gobierno de mi país y los partidos socialistas ingleses en este asunto, ruego a V.S. me diga si es posible hacer algo para dichos presos con el fin de evitar una repetición de lo que ha ocurrido, puesto que el Gobierno inglés verá con mucho agrado todo esfuerzo tomado para humanizar en lo posible los sufrimientos de la gente desgraciada».
La iniciativa del Gobierno inglés tuvo una respuesta positiva. Tras el telegrama del cónsul, las conversaciones que mantuvieron los diplomáticos ingleses y Juan Ruiz Olazarán concluyeron con el traslado de los presos del Alfonso Pérez los días 25 y 26 de febrero de 1937. Una parte de los presos fue enviada al convento de las Oblatas, transformado en prisión; la mayoría fue recluida en el penal del Dueso en Santoña (Santander).
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